Las pajas a escondidas

Ahora que todo apunta a que el fin del encierro es una teoría escrita a tiza sobre un espacio-tiempo difuso, muchos de nosotros —y ante las nulas expectativas de empleo en los próximos meses— hemos decido limitar nuestro universo a una habitación, salir a la calle solo para hacer pis y perfeccionar ciertas técnicas abandonadas por el ajetreo de un día a día que ya no es tal, sino simple repetición. Así es como desde hace semanas un onanista consumado como yo y miles de españoles con pareja nos dedicamos a perfeccionar las pajas a escondidas.

Y es que nadie dijo que “disfrutar” del confinamiento en soledad fuera fácil, pero tampoco lo es compartir cada segundo con la persona correcta, la misma que entre el desánimo y las estaciones invisibles adquiere la forma de ese compañero de vida eterna al que burlar. Poco a poco, un juego con final feliz imita un modo de vida en el que cualquier resquicio es aprovechado para mejorar una técnica milenaria. Aquí no se trata de correrse, más bien de buscar nuevos retos.

Hace dos meses el momento elegido era la noche. Después intercambiamos oscuridad por luz blanca y comenzamos a aprovechar los minutos de descanso que daban bajar la basura o ir a comprar mascarillas. Ahora la satisfacción está en el riesgo, hacerlo pared con pared o mientras hace una videollamada al otro lado de la cama. En momentos de cólera generalizada tocarse nos garantiza dos cosas: hacer el amor con alguien que amamos y la sensación insuperable de hacerlo con alguien amado cerca.

Ilustración: https://designsbyduvetdays.com/

El ‘cuñadios’

A medida que se prorroga el estado de alarma asistimos al perfeccionamiento del Frankenstein patrio, criatura dotada de un saber plus ultra aderezado con un físico cuanto menos complejo, entre moco y encía infectada. Y es que si en un mismo cuerpo escombro juntas a Pablo Motos, Spiriman, Miguel Angel Revilla y Álvaro Ojeda obtienes un espécimen denominado “cuñadios”, la mezcla definitiva de ‘influencer’ bipolar y el ‘recetitas’ capaz de arreglar España sentado en la taza del váter.

Y es que sus dislocadas bocas el dicho «el genio del cocinero se va por el agujero» adquiere nuevas dimensiones, incorporando la bilis de cuarenta seis millones de españoles —todos tenemos algún amigo con una mujer epidemióloga— al discurso de cada día. Ahora que la barra del bar es un recuerdo crónico aprovechan para recalcar la incompetencia de los que están al mando, ignorando que es en los márgenes de lo desconocido donde se produce el crecimiento.

Poco a poco, el ‘cuñadios’ alcanza estatus de logia social, en parte porque dañar con la palabra no es un crimen y en parte porque, en un momento en el que todos queremos ser protagonistas, fueron los primeros en darse cuenta de que los pedos, debidamente disueltos entre audiencias poseídas por la ignorancia, son el canto de sirena de un año múltiplo de cero. «Y al finalizar os hiero».

El fin de los dos besos

De todos los cambios en los usos y costumbres a los que nos enfrentaremos próximamente hay uno que destaca por encima de los demás, tanto por el gesto (húmedo) como por su significado (fieramente español). Y es que ahora que el distanciamiento social es la ley, los dos besos que dábamos cuando hacíamos el paseíllo de la vergüenza o nos presentaban a alguien por primera vez son restos de una cultura arcaica, tanto como los toros o ir a misa después del ‘after’.

Lo más curioso de esta nueva coyuntura es que será recibida por los ‘pulpos’ como un claro atentando contra las libertades individuales mientras que otros —en particular mujeres y niños— abrazarán la medida con jolgorio. Adiós a esos besos-baba cerca de la comisura de los labios o al ósculo de monja que nos reventaba los tímpanos, ‘sayonara’ al «anda, hijo, dale un ‘petó’ a la madre Juliana» o a las miradas de reprobación al tender la mano, la mejor manera de empezar con mal pie una futura relación amorosa o profesional.

Y es que el daño será irreversible en Montpellier —allí se daban tres— o en la región de Turballe que ostentaba el récord del mundo con cuatro. ¿Qué va a ser de los pobres esquimales? ¿Tendrán que conformarse con un frío «encantado de conocerle» y continuar con las reparaciones del iglú, metáfora de un mundo donde los besos se dan en privado y con condón? Visto con la distancia de este encierro, quizás lo importante no era el acto en sí, sino querer seguir haciéndolo. Aunque sea a oscuras.

¡Feliz cumpleaños, encierro!

Bueno, pues hoy se cumple un mes de encierro y habrá que celebrarlo de alguna manera, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta que nos espera un mes de abril con filtros de traje gris y destellos a lo Auschwitz-Birkenau. ¡Que no cunda el pánico! Porque si de algo ha servido el paso del tiempo —además de para ser testigos de la mayor tragedia de nuestras vidas—, es para sacar conclusiones certeras sobre esas criaturas fantásticas llamadas seres humanos. ¡Empezamos!

Lo primero es comprobar que médicos, transportistas, limpiadores y cajeras son las columnas sobre las que se sostiene este edificio en ruinas. Por no mencionar a esas actrices porno convertidas por polvo y gracia de Pornhub en los Bob Geldofs y Bonos del siglo XXI (con el 2020 en blanco). Ellas solas recaudan millones para la causa, no molestan con sus “cancioncitas”, alegran la vida del onanista digital y opinan sobre el sector de la cultura, ahora asociado al hashtag #parásito. Y sí, el puto Javier Vidal es un chapas del copón.

Mientras tanto, algunos consideran estos meses como unas vacaciones de interior no retribuidas, otras no pueden soportarlo y ven como su chico se convierte en compañero de piso —alargando la compra hasta que les cierran el Mercadona—, y todos —sin excepción— soñamos que un gato nos araña los pies y nuestro casero nos riñe por no tener pelo en el pecho. Y claro, Netflix y Filmin son las sagradas escrituras, tener cuenta en TikTok sinónimo de extravío y a partir de ahora los psiquiátricos sustituirán a los estadios de fútbol. ¡Feliz cumpleaños, encierro!

El límite

La crueldad del hombre es un enigma. No tanto por el daño que es capaz de infligir en la carne y la memoria, sino porque empequeñece los logros del presente… y los que están por llegar. Es por esta razón que cuando un partido político — su sola mención equivaldría a abrir los ataúdes de la discordia— entierra la razón utilizando la supuesta unidad de un pueblo en la UCI como atajo para la gloria en las urnas, quizás nos esté brindando —de manera macabra— una posibilidad de progreso social.

Y entiendo el descontento de sus votantes, y el discurso de esos machos apelando al miedo, a las lanzas en el pecho y a la furia. Incluso su intensa labor por mantener costumbres del terruño, la sangre del toro, el destierro de la cultura y su aversión al cambio, la vuelta al NODO, las bocas llenas de patria, el corazón teñido de azul, el odio al rojo. Pero lo que no logro concebir es dónde está el límite. Porque no lo tienen.

Si la Gran Vía sorda y muda es ahora la norma, si su simple contemplación nos arrastra indefectiblemente a aquellas mañanas en las que la cocaína se mezclaba con los churros y el carajillo, al amarillo de las tardes en el que la gente desvalijaba el Primarck, a los hermanos ‘jevis’, universos urbanos en los que se encontraba cualquier cosa excepto un féretro, entonces el futuro pasa por borrar al fascismo de la fotografía. Los muertos ya los pone la realidad.

Epidemia de bloqueos en FB

Ahora que los gobiernos —de cualquier signo político— han demostrado su incompetencia para controlar una realidad desbordada, la población, principio y final en la toma de decisiones y sus consecuencias, imita determinados patrones de conducta, como si de alguna manera la aplicación de medidas geopolíticas a gran escala se impregnara en cada poro de nuestra casa. Es cierto; ellos mandan ahí fuera, pero en las redes sociales somos juez y parte, una democracia en la que nosotros tomamos las decisiones. Siempre. ¿Qué estás pensando?

Es por esta razón que en Facebook y Tinder se viene produciendo una ola de bloqueos sin precedentes, tsunami de totalitarismo casero camuflado en protección contra la pandemia de odio, fascismo recalcitrante, sobredosis de conspiraciones, bulos, listillos y alarmistas, censores de la diversidad de opiniones y un nuevo ejército de fervorosos creyentes que consideran este encierro como una oportunidad. Ocultar publicación y dejar de seguir.

Al hacerlo sentimos una calma desconocida, un chorro de After Sun emocional. Y de pronto, llevados por la infantilización de una sociedad amordazada nos creemos positivos asintomáticos, portadores del espíritu de la concordia hecha pacto de Estado. Quizás el verdadero desafío, además de ganarle el pulso a la muerte, sea volver entendernos, decir que no nos gustamos y, a pesar de ello, seguir caminando juntos, a un metro pero juntos. Has aceptado su solicitud de amistad.

Y el encierro fue sexo

Transcurre el tiempo y, poco a poco, comenzamos a asumir una situación que, muy probablemente, se prolongará hasta el verano. En un espacio finito —nuestra isla particular de andar por casa— hemos observado el cambio abrupto en la sociedad y todos, de manera directa o indirecta, pasamos del susto inicial a la resignación, de la solidaridad 3D al “yo acuso” desde el balcón, del «vamos a salir de esta» al sálvese quien pueda autónomo. Ahora que 7.000 millones de personas son una y las fronteras parecen un invento ochentero, sentimos como el sexo comienza a aflorar, incluso entre aquellos que habían perdido la libido, ¿la qué?; sí, la libido.

Todo comenzó hace dos días. Nevaba. Saqué la cabeza por la ventana, abrí la boca y miré al cielo. Los copos se precipitaban sobre mis pestañas, golpeaban mi barbilla. Gracias al parón económico el agujero de ozono parecía recuperado, y hoy me entero de que se ha abierto uno mayor en el Ártico. Nieve, agujeros negros, osos polares, lascivia. Fui a la cocina y bebí agua en un vaso de tubo. Encendí la televisión y lo sentí en la pelvis: ¿cómo explicar que la intérprete de signos en el canal 24 horas, tan calladita ella, pareciera una diosa?

La cosa no quedó ahí. La ministra Calviño había recuperado el ‘charme’ y me la imaginé en su despacho, desnuda bajo la foto del rey. Y la cajera del Carrefour, la mayor, Abascal con su bote de pimentón Titán —un elemento que conviene tener en la mesilla de noche—, tres mapas de España, fresas de postre, miel en lugar de azúcar refinado… Anocheció. Cerré los ojos y pensé en Fernando Simón. Ojazos, con algo menos de ceja… Sexo, «esa trampa de la naturaleza para no extinguirse».

¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.

Silencio: habla la ciencia

Poco a poco, el silencio se ha ido haciendo un hueco en nuestra habitación, en los portales, en la calle. Incluso los propios músicos —que comenzaron a retransmitir indiscriminadamente cientos de conciertos desde casa— han caído en la cuenta de que si el sonido no acompaña quizás lo mejor sea esperar al momento de la “liberación” para devolverle al aire las melodías perdidas, ahora ocultas por una realidad inapelable, oscura, densa como el odio. Spotify lo confirma en sus estadísticas de marzo: se escuchan menos canciones. En Wuham, aquí y en Lombardía.

Precisamente ahora, los voceros de lo cotidiano, políticos, periodistas y carroñeros con un desinterés absoluto por la verdad, han dado paso a una nueva categoría de contadores de historias generalmente abonados a la soledad del laboratorio de fondo: los científicos. Y ocurre en Estados Unidos con Anthony Fauci, en España con Fernando Simón y Miguel Pita, o en China con el fallecido Li Wenliang, expertos epidemiólogos y genetistas acostumbrados a trabajar entre el anonimato, algo parecido a la fe y la precariedad, siendo precisamente esta última una de las razones de la pandemia.

De pronto, la ciencia tiene un hueco en la agenda y se convierte en el único interlocutor fiable, como si la barbarie de la realidad encontrara en una bata blanca su área de descanso, palabras inspiradas por el ensayo y el error con la capacidad de describir lo invisible tal y como es, lejos de ideologías, intereses espurios y ratios de audiencia. Por fin la verdad nos reconforta; será porque «el arte representa el yo y, la ciencia, el nosotros». Todo sin levantar la voz. Todo sin pedir nada a cambio.

El origen de la rabia

Es curioso observar como el miedo ha dejado paso a la muerte, aislada entre cuatro paredes, sí, pero muerte en vida. En esa misma habitación oscura y fría, demostrando una salud a prueba de cualquier vacuna, la rabia incontenible contra todos los involucrados directa o indirectamente en una crisis que ya es, mal que nos pese, un acontecimiento histórico, ficción hecha gotero.

Primero contra los políticos, hombres de carne y lodo de cualquier signo que en estas circunstancias se asemejan más que nunca a músicos de jazz, improvisando a cada minuto, descubriendo un realidad que sorprende incluso a aquellos que fueron capaces de prever que algo así podría suceder. Porque la realidad ahora no solo supera a la ficción, sino que la empeora. Después contra los demás, señalando con el dedo a los que se sientan más de lo permitido en el solitario banco del parque, los que compran a espuertas, los que calumnian y avivan un fuego que ya se ha extendido por todo el globo sonda, los que ladran y confunden y, por supuesto, aquellos que no se cansan de restar.

Quiero creer que esa ira no se origina en el ventrículo, sino en este sistema inhumano, neocapitalista lo llaman, el mismo que se empeña en invisibilizar a médicos y bedeles, a limpiadoras y trabajadores sociales, a científicos y camioneros. Curiosamente, son estos quienes están manteniendo a flote las ruinas de un presente en cuarentena, como si la única manera de mantener en funcionamiento la maquinaria fuera a base de sangre, lágrimas y algo parecido al amor. Recordad, «lo que empieza en cólera termina en vergüenza».