Los episodios de verano: secarse en la toalla

De todos los recuerdos que uno tiene del verano -periodo que transcurre entre junio y finales de agosto pero que cunde el equivalente a un fin de semana corto- hay uno que destaca por encima del resto con una precisión asombrosa:el momento en que me desvanezco sobre la toalla cuidadosamente extendida sobre la arena y dejo que mi piel, salada y masajeada a partes iguales por el sol y la brisa, se seque sobre la suave superficie de ese trozo de tela que envejece a un ritmo particular y generalmente más a la altura del trasero.

Y es que repetimos ese acto de manera mecánica durante años: se sale del agua que se confunde con el cielo, se anda en diagonal entre los ejércitos de tobillos gordos y piernas de los bañistas que sobran y se derrumba uno como un plomo con los codos sobre el pecho a esperar que ocurra, como si hubiéramos estado esperando todo el año a que un acto tan irrelevante y placentero volviera a producirse.

BRAZIL-WEATHER-IPANEMA

Y ocurre y uno respira y cierra los ojos y escucha el rumor de las olas y se pregunta por qué no abandona la mala vida en la ciudad, con sus alquileres por las nubes y los apretujones en el vagón de metro, para acercarse un poco más a lo que nos hace felices, nos sacudimos el pelo con la mano buena y después abrimos un ojo al tiempo que cerramos el otro y comprobamos que vemos los colores distorsionados y la arena es roja y las sombras azules y una gota de agua nos cubre las pestañas como cataratas temporales.

Al final no se trata de estar con los amigos o los hijos o rodeados de familias que comen paella en un tupper que huele a pizza o que susurran “por favor, ponte crema en los hombros, Manuel”, no: se trata de prolongar el placer al máximo porque el verano dura el tiempo que nuestro bañador se seca contra la superficie de la toalla y deseamos que dure el resto de nuestra vida sabiendo que el otoño terminará por acudir a la cita sin que nadie le llame. Luego están las chicas relucientes y refrescantes, los chulos que corren por la orilla, las cervezas en el chiringuito y los helados pequeños con doble de chocolate que te dejan con ganas de más pero ninguno se acerca ni de lejos a esa sensación que se parece mucho al tiempo detenido sobre un trozo de algodón con olor a mar que flota sobre toneladas de arena fina. Insuperable.

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