Vivimos, con suerte, ochenta y cinco años, un tercio con los párpados cerrados. Casi tres décadas sin contar las siestas. Un acto tan horizontal, tan nuestro. Todos saben cómo mienten; nadie cómo duerme. Puede que fuera un sueño y por esa razón algunos roncan o sujetan la almohada con firmeza antes de morir latiendo. Después se produce ese viaje al fondo. El cuerpo deja de ser lastre. Los malos recuerdos se desgarran y podemos volar, matar incluso, acostarnos con esa persona inalcanzable. El resto es un misterio.
Le pregunté qué hago mientras duermo. Quise saber lo que sucede cuando no hay consciencia y el mundo es una sábana. «De lado y con un cojín sobre la frente«, dijo. «Respiras fuerte, como si te ahogaras». Un espasmo. Esa es la llave al otro lado, el precio a pagar por apagarse. Después una mezcla de paz y movimientos sísmicos. Hay cierta estética en el sueño. Uno sueña como vive. Yo dejo soñar al que está cerca, no me entrometo en sus asuntos. Muevo las piernas con delicadeza y, algunas noches, pronuncio frases inconexas. Son mis sueños los que piden ayuda para no perderme. Al despertar, estoy solo; siempre acompañado en sueños.
Puede que los malos sueños sean malos porque se parecen a la vida. Al soñador no lo perdonan nunca. Es más, puede que la clave de soñar sea arrebatarle los sueños a los otros para que por fin hablen de uno. Yo no puedo. Prefiero dormir sin hacer ruido, serme fiel un rato, perdonarme, no despertar a los pájaros. Hoy me levantó la luz. Solo aquellos que te conocen saben cómo duermes. Pregúntales. Por eso el verano se parece a un sueño en el que no dormimos.

Ilustración: Simon Bailly