Todas las cosas buenas vienen del calor. El frío sirve para vestir bien y no sentir las manos. Al calor hay que recibirlo contra el pecho, con las ganas de matar intactas, con la certeza de que las noches sirven para estar despiertos. Así los humanos imitan a las bestias, permanecen a la sombra la mayor parte del día. Será el miedo frente a lo invisible, ese rayo de sol que sirve para cocinar huevos, salchichas. Nada puede detenerlo. El calor asciende desde el cielo, transforma la ropa en algo redundante. Hay sudor, marcas de agua en esa página que son los cuerpos. Si de algo hay que morir que sea de calor, de fuego y la promesa de un mar que gana espacio a un azul triste sin nubes.
Todo el mundo habla mal del calor, pero todos lo desean en silencio. Las glaciaciones extinguieron a los dinosaurios. El calor acabará con este mundo. Si hay Dios tendrá que ser verano. La nieve también arde un 12 de julio. Lo saben los pocos valientes que caminan por la acera, también los pájaros. El calor enciende nuestros sueños, los hace arder en mil pedazos. El calor es sexo, ganas de no hacer nada excepto hacerlo. Calor, camina conmigo. Calor, quédate a dormir despierto.
Este calor permite pensar mal, hacerlo como si todo dependiera de una ráfaga de aire. Pronto llegarán las tormentas de arena y polvo. Con ellas podremos darle forma a una estación incomprendida. Nada mejor que venerar el verano en la ciudad, lejos de las piscinas y los montes. Apaguemos el ventilador, encendamos una hoguera con los ojos y observemos el mundo arder al fondo. Seamos herejes esta noche, ardamos. Pero ardamos juntos, tan juntos que no quepa nada más que lumbre.

Ilustración: Jones The Painter