Hay gente que besa mal. Pero ¿qué significa besar mal si nadie nos enseña? Todos nacemos con boca; aprender a usarla es cuestión de instinto y ganas. Besar mal tiene que ver con el movimiento, con cómo, de repente, la lengua desaparece o solo nos llega el vértice de otro humano perdiendo el control de su vida dentro de nosotros. Esa lengua parece un trozo de entraña poco hecha y, claro, uno abre los ojos para entender qué está pasando. Y está pasando. El beso convertido en túnel de lavado, casi asco, el beso como prueba irrefutable de que el amor puede destruirse con un gesto.
«Todo iba muy bien… hasta que me besó». Eso me dijo Laura mientras utilizaba la lengua para colocar un donut de chocolate entre los molares. No quise saber más de su encuentro. El tío estaba buenísimo, tenía onda y sentido del humor, olía bien… pero besaba como el culo. Es más, parecía que estuviera chupando uno. No sé si volverán a quedar por culpa de ese «no beso». Ahí no había ni dientes de por medio ni mal aliento. Ni siquiera exceso de baba o la cabeza ladeada hacia la derecha para ver el viento entre la hierba. No. En ese beso hubo esperanza, el largo plazo reducido a un «ni de coña». Joder, ¡qué importantes son los besos!
El problema de besar mal tiene que ver con que todo el mundo piensa que besa bien. Aquí no hay jueces ni VAR, solamente sensaciones, ganas de besarse en un mercado un lunes o al despertar de un sueño donde te besaban. Puede que besar sea el mayor acto de comunicación, que a través de un beso seamos capaces de saber cómo piensa el otro, cómo respira, si piensa en otra cosa cuando separa los dientes y saca la lengua o si, por el contrario, está donde tiene que estar que es en la boca del estómago, la nuestra. Resulta que besar mal causa rupturas y besar en la frente da un poco de grima. A mí me gusta. Mientras tanto, mejoremos nuestros besos, con ellos el paisaje cambia, el mundo nace otro, borran el dolor, la espera, dan vida.

Ilustración: David Shrigley