No recuerdo mi edad con exactitud, diez o doce años. Sí recuerdo, en cambio, dónde estaba: detrás de la iglesia de San Nicolás, en una calle a la sombra que desembocaba en un callejón sin salida con dos coches aparcados. Olía a esa mezcla dulzona que deja el sol en el aire cuando seca la piedra humedecida por el agua de las fregonas. Uno de los coches era el de mi tía Carmela, un Suzuki. El otro el Toyota de mi padre, que aquella tarde emitía un destello azulado, casi cristalino, cosa extraña porque mi padre no tenía como costumbre lavarlo. Era verano.
Yo descendí la calle en dirección a la casa de Carmela. En Castilla, a esas horas, la gente sale, la vida regresa cuando la brisa mueve las cortinas de tiras. Volvía de jugar con mis amigos. Estaba molesto, sin ganas de meterme en el coche para volver a casa. En aquellos veranos el tiempo era una línea continua discurriendo entre dos puestas de sol. Había saltamontes en la hierba y una sensación de libertad que, con los años, desapareció. Mi padre me esperaba dentro del coche.
Bajó la ventanilla y dijo «entra». Le miré a los ojos, grandes, verdes, casi amarillos. Un cigarro humeaba entre sus labios. Pensé en salir corriendo. Me quedé plantado en medio de la calle. Levanté la mano derecha con el puño cerrado y estiré el dedo corazón. Sentí una bandada de gorriones dentro del estómago. Podía hacer lo que yo quisiera, decir que no a ese hombre de pelo azabache y tez curtida. Mi padre entornó los ojos clavándolos en mí. Aceleró. Me eché a un lado y vi su cara de perfil. El coche desapareció a la altura de la iglesia. A partir de ese momento, todo fue a peor. Por eso lo recuerdo.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
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