Los hijos

Los hijos lo cambian todo. Lo veo en mis amigos, en su forma de moverse más cansada. Los hijos les trajeron una razón para estar vivos. En cambio, los que no tenemos hijos tenemos a los muertos. Me gusta ver a gente con hijos porque parecen otros, como si ser padre, madre o ambos fuera la única razón para levantarse por la noche, probar purés, limpiar cacas ajenas, dar paseos por el parque y volver a la rutina de ser padres. Los hijos detuvieron un tiempo que se acaba pronto, que pasó deprisa, cucharada a cucharada. Qué extraño ese cambio visto desde fuera, qué fuera estamos de ese mundo los que no tenemos hijos.

Luego, los hijos, buenos o malos, acaban odiando a padres malos, buenos, simplemente padres, que hicieron lo que no sabían hacer como pudieron. Los padres miran a sus hijos de la misma forma, también a los hijos de puta, pueden perdonarles cualquier cosa menos su muerte. Los hijos, en cambio, toman partido por la madre o por el padre, eligen bandos que, en realidad son uno. Tan parecidos, tan iguales. La madre da a luz una luz extraña porque calienta dentro. El hijo enterrará a la madre, al padre, y hará frío. Brazos de ternura, tiempo, amor supremo, los hijos son los padres, los padres son los hijos que no duermen.

Una vez me vi tener un hijo. Caminaba conmigo de la mano en una calle en cuesta. Al fondo, las copas de los árboles y el viento. Ese sueño fue el pensamiento de un hombre que es hijo, que tiene amigos padres y un padre que murió incumpliendo la promesa de no hacerlo. A madre la miro y veo a una mujer con hijos que no tuvieron hijos. Regreso. La madre, el padre, los padres hablan del futuro del niño, cuidan de un presente pasado en los vídeos y las fotos. El niño llora, ríe, llora, mejora los días de unos padres hartos de ser agradecidos padres. Los miro y me pregunto qué ha pasado. Solo espero que sus hijos perdonen a los padres como yo lo hago, como si todo fuera un sueño dentro de mis párpados.

Ilustración: Toku Bannai

Hablar con una madre

Todas las madres se parecen. Todos los hijos son iguales. Solo hace falta detener el tiempo, mirar con calma lo sucedido cuando no dormíamos. Ellas viejas, guapas, nosotros aspirando a ser más jóvenes. Entre medias, esta vida nuestra. Y es que mucho ha cambiado el mundo desde que las madres nos repetían aquello de «bébete el zumo que se le van las vitaminas» o «¿voy yo y lo encuentro?». Quizás todo sigue igual porque es distinto. Madres cada vez más mujeres. Nosotros, hijos, queriendo parecernos más a ellas.

Amar implica querer bien. Y sobre todo comprender. A la comprensión se llega con palabras y paciencia. Por esa razón me cuesta hablar con madre por teléfono. Prefiero sentarme en la cocina de su casa, que madre prepare té y así, los dos, bajo una luz de arena, hablemos para vernos. Madre ha perdido la paciencia que conservo; yo nunca tendré esa mirada verde. Madre decora las paredes, mantiene las ganas y se ríe de las cosas que le importan a los otros. Por esa razón tiene que ser mi madre.

Cuando hablas con una madre te das cuenta de lo poco que pudiste conocerla. El trabajo de madre ocultó sus dolores y sus lágrimas, también sus deseos. Puede que se queje de la espalda, pero se reserva la parte buena para el hijo. El hijo casi nunca tiene tiempo o le echa en cara la libertad recibida siendo niño. Madre siempre está, aunque es probable que quisiera irse muy lejos, vivir otros futuros y no este. No pudo y no supo. Las madres enseñaron a las sombras la fidelidad. Cuando hables con tu madre, pregúntale cómo está. Siempre mienten. Cosas del amor que nunca muere, de ese amor de madre siempre.

Ilustración: Taku Bannai

Madres

Solo cuando padre murió pude conocer a madre. Durante años la observé de lejos a pesar de su cercanía de leche con galletas. Madre de tonos pastel y acuarela, madre a la sombra de un padre inalcanzable. Como siempre ocurre, un corazón se detiene y dos desaparecen. Game over. Ya no hay padres. El que sobrevive pierde casi todo y se revela. Madre sigue siendo esa niña rubia de ojos verdes a mis ojos, aunque cada vez es más mujer que madre. Lo noto en su voz al otro lado, en los dolores que se empeña en esconder, en el hecho irreparable de un hijo un poco triste. Padre tuvo que morir para que yo pudiera verla bien. Recordadlo, hijos: las madres no solo son madres.

Las madres parecen que siempre estarán ahí. Por esa razón muchos hijos no quieren cogerles el teléfono o cortan las conversaciones con un «luego te llamo». Es más, muchos las evitan porque son pesadas o están tristes o les sobra comida en un congelador abarrotado. Pues bien, madre, la mía, vive como una adolescente que escapa de la soledad y soy yo el viejo que no quiere molestarla. Cierto, la edad de las madres va en su contra, también en la nuestra, de ahí la importancia de decirlo: «Madre, estoy bien. Y sí, quiero irme a Japón, pero estoy bien».

La distancia del paso del tiempo es más fuerte que la distancia geográfica. Algunas hijas se transforman en madres, las madres en abuelas, todo va alejándose. Por esa razón me gusta ver a madre con rasgos de mujer independiente, con sus necesidades cubiertas y su miedos intactos, con la certidumbre de estar sola porque los hombres son unos muertos de hambre. Madre ha perdido la paciencia y eso la humaniza. A veces tengo la sensación de asistir a un milagro, el del amor que nunca se destruye. Por eso quería escribirlo en alto, porque late en todos y cada uno de nosotros hijos. Gracias, madre. Tú solo preocúpate de seguir estando viva.

Ilustración: Guy Billout

Cuando llega la muerte

Llega la muerte. De noche, en domingo, siempre a la contra. La vida nunca nos prepara, ni para el destello ni para el último latido. Entonces, uno le coge la mano al que se muere o se está muriendo y sabe que se acaba. El silencio viene a recordarnos que lo peor no es la muerte, sino lo que se muere en nosotros al perder a un padre, a un amigo, a un perro. Es extraño. Parece que la muerte lo cambia todo. Pero todo sigue igual. La noche imita a un sueño y el cielo se levanta con la luz del sol. Hay ruido en la calle. Los niños juegan. Todo es distinto.

Recuerdo cuando en el mundo no había muerte o se trataba de algo muy lejano. Los días discurrían en el buen sentido y romperse un hueso era motivo de orgullo. Se podía vivir eternamente. Así pasan el tiempo y la lluvia. Y la muerte aparece con su herida. También la muerte del amor, la muerte de las aspiraciones, nunca la muerte de la muerte. Quizás esta certeza nos ayuda a aprovechar la tarde. Pero no lo hacemos. Hay algo de ese niño que se niega a dejar de serlo siempre.

Mejor penar que morir lentamente. Mejor vivir sin miedo a la muerte que temer su garra. De esta forma, el tomate sabe a tomate, aunque sepa a agua, y los encuentros con madre o con amigos tienen algo de celebración. En lo ordinario está el milagro. La muerte tiene algo de apacible, como si después de tanto sufrimiento fuera necesaria para el que se muere y para los que lo ven morir. Después, un operario de la funeraria le pega los labios al muerto. Los vivos hablarán siempre de las cosas que decía el que hoy sigue estando sin estar. Por fin descansa en nosotros, por fin.

Ilustración: Guy Billout

Tu salud

Tener salud es la única felicidad que cuenta. Porque el sano no solamente vive mejor, sino que se anticipa a la vejez en buenos términos con la soledad. Casi nadie sabe que la salud es un milagro, una oportunidad entre dos enfermedades —esperemos que curables— y a ella debemos consagrarle nuestro tiempo: dormir porque es gratis, duchas heladas al despertar para que el día tenga margen de mejora y comer quedándose con hambre. Todo sin olvidar la importancia de tener mala memoria y una mente que recurra a ayuda si hace falta. El resto, amor aparte, es facultativo.

Porque la gente que se va a morir quiere vivir más. Por su parte, el que agoniza nunca recuerda bienes acumulados o fungibles. En cambio, anhela esa tarde entre amigos sanos y con buena dentadura. Somos impulso, agua y huesos. Lo de ser polvo de estrellas implica parecerse a los atletas, los menos sanos entre aspiraciones de arder pronto y colgarse una medalla. La salud carece de rangos, velocidad y fronteras, es una y solo una, la misma para el pobre y el rico. La democracia era eso.

Digo todas estas tonterías porque lo vi en casa. Padre nunca pudo jubilarse. Hubiera dado todo lo que no pudo vivir por estar sano. Quizás fueran el tabaco y los disgustos. Tal vez su salud fue un truco de magia. Siendo joven lo ingresaron. A los pocos días fumaba a escondidas en el baño. Eso también era salud. Tuvo que ser mala suerte, mala suerte como antónimo de sano. Padre mantuvo el deseo de curarse durante un tiempo. Luego dejó de tocar la guitarra. La salud es la música que suena en casa. El que tiene salud tiene esperanza. Lo tesoros… para los faraones.

Ilustración: Guy Billout

El peso de los otros

Me pregunto si no cargaremos con el peso de todas las personas que conocimos. Sobre nuestra columna se construyeron sus columnas, vértebras en el paisaje. Así vamos andando, cada vez más despacio, con cuerpos inmóviles sobre nuestros hombros, cuerpos que pesan más estando muertos, como si la vida aportara ligereza, un alto en el camino hecho de mañanas y noche, de dunas y vidrio soplado. Me pregunto si no volveremos atrás por miedo a encontrar otra vez esos cuerpos tan perfectos, vida al fondo. El peso pesa tanto a veces.

Algunas tardes, esos cuerpos nos sirven para descansar los párpados. A veces no nos dejan levantarnos. Tal es el truco de la memoria. Recordar como sinónimo de huida hacia delante. Eso somos, la carga de una carga, puro peso, huellas y más cuerpos. Entonces nuestro cuerpo se duele de otros dolores de antes de haber nacido, dolores que nunca atestiguamos y que, en cambio, viven en nosotros. Tiene que ser un cuerpo equivocado el nuestro.

El peso de padre, el peso de los abuelos. el peso. Todo nos trepa hasta casi ahogarnos. Somos hijos y nietos de esos cuerpos que no reconocemos, que vamos olvidando cada vez un poco. La tragedia es que nunca nos pertenecieron, pueden sostenerse lejos de la gravedad de cuerpos y más pesos que caen. Quizás seamos sus sombras. Los necesitamos. Sin ellos seremos órganos fuera del tórax, sangre separada del ventrículo, vidas sin nombres ni destino. Solamente cuerpos. De las caras… ya nadie se acuerda de las caras.

Ilustración: Darek Grabus

Nuestros muertos

Todos tenemos dos padres (con o sin nombres), cuatro abuelos viejos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos y así, y de manera exponencial, dos mil cuarenta y ocho decabuelos desde 1800. Aquel año, Napoleón atravesaba los Alpes para invadir Italia. Un retroceso de veinte generaciones con sus incestos, primos insoportables, cuñados y parientes elevaría la cifra (empleo dígitos) hasta 268 millones. En el siglo XI, solamente cien millones de personas poblaban la Tierra, lo que implica que todos compartimos amor, sangre y esa célula cancerígena llamada familia.

Hasta aquí leyendas y árboles. La actualidad promueve la reacción de algunos respecto a sus muertos, los de la paz y los de la guerra. En cuanto a los primeros, están a salvo, presentes de una manera extraña. En cuanto a los otros, todo frases huecas: «hay que pensar en los vivos»; «de nada sirve remover el pasado». Entre la tierra y la putrefacción, así transcurren el abuelo de la cuneta y el bisabuelo de la fosa común, callados porque nunca se les concede la palabra, aunque acechen como la lluvia y el hambre. Mejor dejarlos, que es en ninguna parte. Bonita manera de tratar a la familia. Alguien olvida que, en caso de ser algo, seremos memoria, viejas fotografías. Y que le den a la historia.

Quizás crea que es importante encontrar a estos muertos porque mi padre no respira en un cajón. Nadie tuvo valor de vaciar aquella urna. Será que saberle ahí nos da tranquilidad y que, a pesar de su ausencia, perpetúa esta unión hecha de cenizas. Los desaparecidos nunca descansan ni dejan descansar, representan el vacío en las sobremesas y la falta de uno o varios platos soperos. Rebusco en mi pasado genealógico y desentierro las palabras del decabuelo de mi decabuelo, Confucio: «El odio entre parientes es el más profundo». Y sigue vivo.

Ilustración: http://www.klauskremmerz.com

Cuando España ganó a Francia

Un canciller alemán dijo que «nada que venga de Francia puede ser bueno». Los tiempos muertos demuestran lo contrario. Gracias al país al otro lado b(r)ota la esencia de una España negra y pelirroja, de niños altos con cara de oficinistas unidos por las ganas. Venían a ganar perdiendo de antemano, a jugar frente a las torres y la falta de fe de la afición, supuestos aliados. Casi todo en contra, como a la contra se forman las familias que anticipan paraísos. ¿Cuánto duran? Una noche en la memoria, un campeonato, el tiempo que se tarda en recoger el confeti volando por el aire. En el triunfo se conoce a los países. Y este es bueno porque gana a la arrogancia.

El estadio venía con silencio. Un señor decía «a tomar por culo» cada vez que Juancho encestaba un triple. Sucede lo mismo en las familias, fuente de alegrías y perversiones en cuatro cuartos y una vida fuera de la cancha. En ambos casos lo importante es el vínculo lejos de la sangre, una manera de ser y sudar juntos porque de ello depende el crecimiento. No se trata de sacralizar los lazos, sino de promover alianzas como forma de biografía invisible, la única que cuenta. Después se recurre a Rudy como padre.

A veces, la casa resiste sobre cinco columnas: un base que se tira todo, un escolta vasco, un alero lleno de tatuajes, un ala-pivot con rodilleras en el codo y un MVP a hombros de los gigantes. El banquillo aporta granos de arena con forma de canasta y actitudes que deberían ser estudiadas en la escuela. Sucedió, todos lo vieron. Hace años España nació por detrás del marcador. Cuando ganó a Francia nadie salió derrotado. Extraño mundo este, bendito baloncesto de oro patrio.

Ilustración: Guy Billout

Ante la adversidad

Hay una lección grabada en cada adversidad, como si el mundo a la contra fuera el único momento de vida en carne viva, peldaño, montaña. Tiene que ver con la percepción del tiempo, puro presente continuo, la única forma de estar en nosotros porque otros lugares ya no existen. Entonces uno actúa como cree que debe o cree poder, levanta la cabeza, renuncia a su corona bajo la mirada de íntimos y familia. Porque no nos engañemos, nunca estamos solos, y menos dentro de la tragedia. La televisión encendida, ese «¿cómo estás, querido?» de Elena, pequeños gestos que acompañan a un dolor saludable porque implica ir dejando atrás lo que pasará tarde o temprano. De ahí eso de saber sufrir.

Durante el incendio, toda felicidad parece decorado. Y es que de desconsuelo están hechos los huesos, también de calcio y fósforo, fémures que pueden soldarse imitando la cocción de la sopa de cocido, a fuego lento, un poco menos hoy, irá mejor mañana, creo. A veces, aquellos que parecían caminar con armaduras se deshacen ante el peso de la desgracia, y otros, frágiles y delgados, aceptan la promesa del duelo sin levantar la voz, cocinan, levan velas. Y la montaña va perdiendo altura en el ascenso.

Solamente podemos apreciar la flor del gozo si alguna vez fuimos engendrados por la muerte y la ausencia, única prueba de estar verdaderamente vivos o despiertos. Aquí nadie sueña, nadie. Se trata de encontrar las fuerzas en alguna parte, un poco de médula escondida al otro lado. Ante todo olvidar la vergüenza de las lágrimas, añadir carne al esqueleto de lo frágil y observar la vida en el planeta Tierra. Nada de espejismos; la montaña era lo que era, eso, un peldaño.

Ilustración: Guy Billout

Qué esperamos de los demás

Ocurre con cada accidente, con cada paso en falso y su correspondiente cable a tierra. Cuando todo va bien, pues eso, va. Cuando empieza lo malo… A un lado, el que necesita ayuda, la pida o se ayude mirándose hacia dentro. Alrededor o cerca, familia, animales de pelo duro y amigos, cada uno con su afán, embargados por esa sensación de que ir creciendo implica amor de lejanías o en los huecos. ¿Qué esperamos de los demás? Resulta que, si actúan tal y como esperamos, procuran nuestra felicidad (sinónimo de hacer lo que queremos) casi siempre anudada a expectativas imposibles. Si somos expertos en decepcionar y decepcionarnos, ¿cómo lograr lo contrario en el calor de otros?

Entonces llegan los reproches, una forma de vida urbana que conduce a la tristeza. De ahí la importancia del silencio, ir tirando y ya, entender las circunstancias que hacen de cada uno un ser único, raro y con tendencia a confundir deber con tender la mano. Yendo al detalle, nadie hace lo que hacemos o haríamos nosotros por los nuestros, de ahí la herida, de ahí estos humanos tan pequeños en un mundo tan grande.

No esperar nada, o esperar lo inesperado sirve de asidero. Fue algo que entendí mirando hacia otro lado y de espaldas a la práctica. Con la enfermedad de mi padre, quise estar en todo, ayudar estando sin saber muy bien qué hacer. Hasta que una tarde de carboncillo y uvas pasas, entendí que no hacía falta. Los que bien te quieren nunca esperan nada de ti excepto amor, una palabra, un gesto con la mano que nunca es despedida porque alimenta el recuerdo. Y así el sol se convierte en luna años después.

Ilustración: Guy Billout