La pandilla Voxura

Un cromo de «La Pandilla Basura» preside el frigorífico de mi cocina, recordatorio de la necesidad de reírse cada día antes de desayunar y de los parecidos razonables de «Chupón Agamenón» y «Ortega Rambo de Pega«. Por supuesto, mis amigos de «El Jueves» no han dudado en aplicar la sátira y convertir a Vox en la «Padilla Voxura«… porque alguien tiene que hacer el trabajo sucio. La reacción por parte de la facción más moderada de esta chupipandi no se ha hecho esperar y ha twiteado la dirección del presidente del grupo editor de la revista con el fin de permitir que «muchos de ellos le empiecen a exigir responsabilidades». Vamos, que una vez más la incitación al odio es patrimonio (no exclusivo) de la extrema derecha y sus señalamientos.

Y de pronto, surge la dichosa palabra, ese sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia, y claro, resulta complicado unir los puntos entre una viñeta y una amenaza, pero mucho más sencillo ojear estadísticas que recogen un importante aumento de los delitos de odio relacionados con la orientación sexual, la identidad de género, el racismo y la xenofobia, las cuatro piedras sobre las que se sostienen los parodiados y su iglesia.

Es todavía más sencillo vincular la irrupción de Vox a la polarización de la sociedad, y por lo tanto a la crispación que se nos pega por detrás de la mascarilla. Por otro lado, sería absurdo responsabilizarles de todos los males que nos acechan —esas chaquetas mínimas de Abascal son una lacra—, sin embargo no deja de sorprender «la cantidad de gente que menciona a la publicación explicando lo irrelevante que es». A ver si al final el humor va resultar ser «el instinto de tomarse el dolor a broma…».

Ilustración: EL Jueves

Matarile al maricón

Sucedió en La Coruña, a miles de kilómetros de Emiratos Árabes o Pakistán. La víctima tenía veinticuatro años y un teléfono móvil. Recibió una paliza al grito de ¡maricón! Así funcionan los crímenes del odio, aunque el odio no sea un sentimiento que flote en el ambiente en busca de un objeto en particular o, en este caso, la cabeza de Samuel. Necesita un detonante, un gesto percibido por trece personas con dificultades para distinguir lo común de la normalidad. Y entonces un chico muere por el miedo que genera en otros vivir sin temor su género y orientación sexual. Queda claro, por los restos de sangre en el suelo, que ese día aún queda lejos. Las coronas de flores y la solidaridad llegaron antes.

Si levantamos la vista, resulta evidente que el poder se concentra en las manos y puños de los hombres. Son ellos los que parecen decidir cuándo una vida ya no merece ser vivida, dónde el tiempo se detiene mientras el mundo gira. Se trata de un dominio perverso, de ahí que el sistema (medios de comunicación, VOX, PP, hombres de negocios y trabajadores) se rebelen contra el feminismo, el único movimiento agresivo no violento, multirregional y multilingüe que ha decidido plantarles cara.

Resulta extraño hablar de una muerte provocada. En ese contexto, el de varios jóvenes a la puerta de una discoteca, se siguen unas pautas. La palabra hace, el cuerpo sigue, la identidad es acto y, finalmente, la sexualidad implica enfrentamiento. Cada vez que un ser humano perteneciente a un colectivo minoritario pierde la vida de esta manera, todos pedimos justicia. Hacerla esperar sería la mayor injusticia de todas. Menos mal que la homofobia está superada en España…

Ilustración: desconocido

Los españoles tristes de Colón

Los domingos son mañanas seguidas de tardes en las que no ocurre nada. Quizás uno piensa en lo que hará durante la semana, o se pide otro vermú. Ayer, sin embargo, los verdaderos españoles se congregaron en Colón vestidos de bandera, una grande y esclava de la idea de país. Andaban desorientados, como un superhéroe que se pone la capa y olvida la máscara, llenaban las aceras con el olor del fondo del armario. A lo lejos, dos señores con sombrero de feriante y camisa de manga corta sujetaban una pancarta en la que solamente uno pedía perdón por haber votado al PSOE. El otro fumaba. Cosas así, grises a pesar del día claro.

La manifestación había empezado mal y continuó a peores. Tanto que la mayor ovación se la llevó un camión cargado con un nuevo generador que permitiera continuar con el acto. Es lo que tiene ser y parecer triste, que la energía se convierte en un bien escaso. También hubo discursos. El de un escritor que ha escrito una novela de veintitrés tomos y ochocientas páginas (cada uno), el de una política sin serotonina ni partido que increpaba al gobierno por indultar a delincuentes olvidándose de que en eso consiste, en el perdón de la pena. Casado lo intentó, pero fue interrumpido por la ultraderecha. Es lo que hay.

Sucedió así, entre recuerdos de lo que fue España y esos ciudadanos auténticos que se resisten al presente de las cosas. Si avanzaran no sabrían volver a casa o recordar la lista de los reyes visigodos. En lugar de producir desprecio por sostener esas ideas consiguieron lo impensable: que estemos dispuestos a tenderles la mano, incluso abrazarles, mirarles a los ojos y recordarles que la convivencia nada tiene que ver con los indultos o la manipulación, sino con «participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia». Eran miles de personas, tantas, que parecían una sola. ¡Qué domingo más triste por Dios!

Ilustración: Francorama

¿Por qué votamos a gente estúpida?

Todo el mundo sabe que los políticos gozan de mala reputación, son incapaces de cumplir sus promesas y mantienen una relación íntima con la mentira. Eso no significa que todos sean idiotas, ni mucho menos, pero una gran mayoría, aquí, en Estados Unidos y Nueva Zelanda, lo parecen. Incluso algunos son peligrosos. En esta Superliga destaca la plana mayor de Vox al completo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Trump y los pirómanos de Orense. Pero ¿cómo es posible que gente estúpida pueda gestionar un país o una comunidad? La respuesta es una mezcla de falsa confianza en sí mismos, la ley de la trivialidad de Parkinson y un proceso muy calculado de identificación con sus votantes. Desarrollo.

Dunning-Kruger revela que cuanto menos inteligente es el candidato mayor es la confianza que transmite —al menos delante de Ana Rosa—, prescinden de los cuestionamientos de la gente leída —ahí Gabilondo y el aburrimiento serían referencia— y se consideran idóneos para el cargo porque, total, al carecer de capacidad crítica mejor obviarla. Así va Isabel Díaz Ayuso por la vida, arrasando al tiempo que sirve bocadillos de calamares. Tareas simples para cabezas… borradoras.

La ley de la trivialidad de Parkinson o el efecto del estacionamiento de bicicletas lo explica aún mejor: los partidos políticos dedican gran parte de la campaña a asuntos triviales. A medida que la dificultad del tema aumenta (la inmigración, las pensiones o la financiación de la Seguridad Social) la aportación de los candidatos se diluye o tienen que leer. De ahí que se tiren titulares como «vivir a la madrileña», «cambiar de pareja y no volver encontrártela nunca» o libertad. Sí, a simple vista parecen conceptos sencillos, pero nadie tiene ni puta idea de lo que significan. Mejor opinar sobre temas blandos y dejarle las nucleares a Tamara Falcó.

Por último, a nadie le gusta que le digan lo que no quiere oír. De lo contrario, el hechizo se rompe. Lo que importa es reafirmar los prejuicios del electorado, mantener ese halo de superioridad sobre la aleccionadora moral de la izquierda, negar evidencias incómodas. En definitiva, caer bien. Isabel sonríe delante de un fondo de flores rojas y estrellas y demuestra que sólo ella es capaz de impedir que la gente se meta en lo que de verdad importa. Y Madrid languidece sólo de pensarlo.

Ilustración: Thomas Matthews 

El enemigo de Vox es la realidad

Ayer muchos vimos el cartel de Vox en la estación del Cercanías. Fondo verde ejército, el Pirulí y Rocio Monasterio mirando al horizonte escoltada por un Abascal a los micros. Nada de nuevo; dos fachas muy fachas hacen campaña bajo el eslogan «Protege Madrid». Pero ¿de quién? ¿De los comunistas? ¿De los menores inmigrantes que llegan solos a España? ¿De los colectivos LGTBI? Mamporreros del enésimo mantra neoliberal contra el Estado y a muerte con la privatización vuelven a demostrar una capacidad innata para alentar el miedo. Como siempre, el enemigo al que señalan posee dos caras. Una permanece oculta detrás del muro, invisible, promesa incumplida. La otra, vista desde lo alto, tiene la forma de un espantapájaros.

Sucede lo mismo en las escuelas. Los abusones se ensañan con los más pequeños, demuestran su fuerza en contraste con la pasividad —el resto, como en el tren, solo mira— para lidiar con el día a día. Así y desprovistos de argumentos, tratan de desviar la atención hacia los otros, a poder ser sin derecho a réplica e ignorando la peor de las certidumbres: el enemigo que buscan está en ellos. Parece que hablamos de la guerra. Pero no. ¡Más madera, esto es la política!

Frente al cartel del odio detecté algún gesto contrariado, poco asco en general. Sin embargo, ninguno nos paramos a intentar descubrir el truco, la mentira concentrada en dos palabras y una candidata que hace del odio su bandera. Decía Borges que «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos». La realidad sigue sacando partido de la ficción, y eso es, además de inmoral, muy sucio.

Ilustración: http://sergioingravalle.de/

El cumple de Abascal y la II República

Sí. Apuntadlo bien en el calendario de las fechas importantes. Hoy, 14 de abril de 2021, es el cumpleaños de Santiago Abascal, futuro presidente de la República de Nuestras Pesadillas. La noticia en sí es tan irrelevante como el lanzamiento de un nuevo disco, pero lo importante son las felicitaciones de sus hinchas, una especie cada vez más numerosa capaz de transformar la certidumbre de un futuro peor en un presente más facha, más intenso, gloria. Destacan: «Hoy es el cumpleaños de una persona que solo y megáfono en mano, se lanzó a la calle para luchar por y para España»;«felicidades Santi, qué bien te conservas, ¿cuál es tu secreto más allá de no dar un palo al agua?»;«cumple años un gran líder que, aunque no le conozco personalmente, hizo cambiar mi visión y la de mucha gente de la política, alguien extraordinario que me ha hecho soñar otra vez con una España grande y libre de comunismo».

Está claro que un hombre así despierta erecciones y bilis, una mezcla entre lo que algunos necesitan oír y otros prefieren ignorar para decir bien alto que hace noventa años la II República Española nacía en brazos de Niceto Alcalá- Zamora. Aquel día, un rey incapaz se marchaba siguiendo la tradición, el pueblo salía a celebrarlo y el cambio de régimen tenía lugar sin derramamiento de sangre. Educación pública, mejoras de los salarios y conquistas sociales frente al abismo que separaba a amos y trabajadores, a católicos y anticlericales, al orden y el idealismo. Duró poco, más o menos lo que duran los sueños antes de la guerra.

El conflicto continúa. Es cierto que se prescinde de balas, sin embargo es igual de ensordecedor, cruento y hostil. En eso Abascal tiene algo que ver y por eso sonríe, sopla las velas y continúa su cruzada particular contra cualquier vestigio republicano. Que cada uno elija la celebración que más le convenga sin perder de vista que el pasado es «la única cosa muerta cuyo aroma es dulce». El presente huele a rancio y Abascal es su vanguardia. Felicidades, señora; que cumplas muchos más.

Ilustación: Cristina Daura

Las dos caras de la misma mentira

Lo más fascinante de la mentira es su capacidad para llevarnos lejos. El problema es volver, aunque en los últimos años muchos se han labrado una carrera reforzando las convicciones más erróneas de otros muchos, como si de pronto esos supuestos iluminados fueran capaces de moldear la realidad para adaptarla a nuestra propia conveniencia, una forma de mentira elevada a la categoría de hoja de ruta. Y así, el tiempo cumple con su cometido y despeja las dudas, derrite lo que la franqueza esconde. Entre la sombra y el claroscuro aparece el flash sobre las dos caras de la misma mentira, estadísticas mediante.

Por primera vez el doctor Jekyll y señor Quirón, el crimen y la huída en coche, el villano y su madre, en definitiva, la sintonía entre pares complementarios y dependientes confluyen en la cara de Santiago Díaz Ayuso, a la derecha, e Isabel Abascal Conde, más a la derecha si cabe. Porque a veces hay que ver para creer, sabiendo que la mentira jamás se deshace, ni siquiera con la vela de la verdad por delante. Mismo iris, boca sin complejos, cejas en forma de gaviota y cruz gamada a media hasta. Entre medias, una mujer en el cuerpo de un fascista y un hombre en la cabeza de una disfrutona.

Nos queda la duda de saber qué piensan de verdad los dos responsables —merecen el calificativo aunque cueste— de convertir la ficción en titular diario, la política en bidones de gasolina y la insensatez en argumento político inapelable. Verlos así, en odio y compañía, nos da una idea más clara de que el antagonismo de su dualidad se resuelve con un voto que los equilibre y deje fuera. No a Vox ni al PP. Nunca.

Ilustración: Rafael Mateos

Ayuso no somos todos

Un cartel con la cara de la Presidenta de la Comunidad de Madrid y la leyenda «Ayuso somos todos. ¡Gracias por cuidarnos!» ha aparecido en la puerta de mi bar habitual. Así, de repente. Y hay más. Hasta seis conté junto al pulpo a la plancha a 18 euros y a lo largo del kilómetro torcido a la derecha de Ponzano. Porque este es un territorio levantado en torno a la Ayusomanía y la caña como epicentro de la cultura, que quede muy claro. Todos aquellos que lo cuestionen tienen dos opciones: irse a beber a casa o directamente callarse. He ahí la libertad a la madrileña.

La cosa es que llamar al boicot parece poco razonable, más si tenemos en cuenta que los dueños de estos establecimientos no pretenden hacer daño a nadie, mas bien mantener un modo de vida en clara confrontación con la vida misma. Sin embargo, esta vez decido no entrar. Y es cierto que el ambiente, el murmullo de gente que grita y mea fuera de la taza, todo sigue igual y, sin embargo, algo ha cambiado. Serán los ánimos y una razón que se le escapa a la mayoría: los lugares de reunión son ahora los lugares que nos separan… excepto las lápidas.

Así llegamos a un punto en el que es imposible separar el ocio de las papeletas, los brindis de la conciencia de clase, la sed del hambre que pasan los más afectados por la crisis. Desterrada la razón de la política, se adopta la pasión de la barra del bar y así una calle, la mía, deja de ser transitable, al menos el tiempo que conviva la cara de un político con el lujo de beber sin discutir. Ayuso, por desgracia para algunos, no somos todos, y la ciudad está en peligro no porque ella sea mala, sino por ignorar el mal ocasionado al grito de ¡salud!

Ilustración: http://www.biancabagnarelli.com

¡Se sienten, coño!

¡Se sienten, coño! Es curioso cómo unas palabras pronunciadas hace cuarenta años siguen vibrando con igual o mayor intensidad en este 2021. Y es que a pesar de lo que la historia —al menos la oficial— nos cuenta con sigilo, ese intento de golpe de Estado del 23F no se conformó con intentarlo, sino que prosperó adquiriendo formas más democráticas que escondían un fondo enraizado en el totalitarismo. Es verdad, los militares enfundaron las pistolas, los tanques regresaron a las bases y un rey ahora tránsfuga sustituyó a un dictador hueco, sin embargo, ese espíritu, el de la violencia institucional, el fascismo y los privilegios de las minorías, se mantuvo intacto. Al igual que sucedió en el hemiciclo a las 18:23 y en las calles ayer por la noche, algunos fueron y son capaces de plantarles cara, sin embargo, sobrevuela esa sensación de que la «victoria» cayó del lado de la mediocridad. Y si la derrota es huérfana, entonces los perdedores se quedaron con todo.

A pesar de un panorama más negro de lo habitual por causas que a nadie se le escapan, seguimos sentados y en alerta, con serias dudas sobre la libertad de expresión y los llamados derechos fundamentales vulnerados cada día.¿De qué sirve conmemorar este día cuando los más jóvenes deben exiliarse? ¿De qué valen los brindis cuando en la reconciliación del país reside la victoria? ¿Qué sucede con la memoria histórica cuando sus testigos presenciales y radiofónicos ocupan su lugar entre las lápidas?

Algunos mantienen la cabeza alta, otros son consumidos por el miedo y, mientras tanto, los de siempre observan la realidad desde lo alto, con una media sonrisa y la certidumbre del que confunde convencer con abusar. La paz social se consigue con pequeños gestos, esos de los que prescinden los medios y nunca son tendencia. Es por esa razón que algunos seguiremos soñando por otro país en el que la dignidad esté despojada de honores y conmemoraciones, la dignidad entendida como el grito del cambio, coño.

Ilustración: http://www.mariamedem.bigcartel.com

Quiero quemar la bandera de España

El Tribunal Constitucional concluye que quemar la bandera de España es delito. Establecido el reñido veredicto comienzan las preguntas al aire que la mece: ¿qué tamaño debe de tener la bandera en cuestión? ¿Computan todas las banderas incluidas las que adornan un palillo pinchando una aceituna? ¿Se considera bandera un folio pintado de rojo y gualda con un Bic? ¿Y si en lugar del doble de ancho el amarillo fuera algo más fino que la piel de esos compatriotas que se jactan de la hazaña? ¿Y en el caso de grabar el hecho delictivo con un filtro verde o sirviera para encender un fuego en la noche? ¿Y si Antonio Banderas se prendiera a lo gonzo también sería arrestado por ultrajes? La justicia lo tiene claro y el pueblo, pendiente de la corrupción como credo y un futuro en el desagüe, intenta establecer a quienes representan unos colores cada vez más huecos.

Porque la gresca comienza cuando los símbolos, construcciones fieramente humanas que establecen una relación identitaria con una realidad, generalmente abstracta, a la que evocan o representan, son erigidos en el epicentro de las vidas de unos hombres que, paradójicamente, discurren al margen de colores y fronteras, más bien apegadas al terruño que les proporciona pan y al sol peinando las fachadas de sus casas. Es ahora, cuando la ley se aplica con humo de por medio, cuando a uno le entran ganas de sacarla al balcón —¿alguien sabe dónde se venden?— y acercarle el mechero con el único afán de demostrar qué ocurre. La respuesta es tan decepcionante como demoledora: nada.

Así le van poniendo cerco a la vida, comenzando por lo abstracto e intangible —bien podría ser azul y verde o sólo roja— para después penar la desafección. Y es que así nos sentimos la mitad de los que merodean por este país, partidarios de que cada uno enarbole su bandera, la suya propia, pero una de música y teatro, de vino, versos o ropa tendida agitándose en el vacío de las horas que perdemos peleando. Por eso Mariana Pineda lo decía tan alto por boca de Federico: «En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida». Pues eso.

Ilustración: Tishk Barzanji