La depresión: el tiburón blanco de las enfermedades

Kurt. David. Ian. Michael. Chris. 

Esos nombres, puestos en fila india, como bolos blancos con rayas rojas esperando ser derribados no dicen nada:

Cobain. Foster Wallace. Curtis. Hutchence. Cornell.

Los apellidos aportan identidades que los nombres se olvidan en alguna carretera perdida Ahora sí. Son ellos, amigos nuestros, algunos íntimos, a los que solamente hemos podido ver en nuestro póster al lado de nuestra cama o de lejos en algún concierto y rodeados de idiotas que rompían el romanticismo de la escena coreando las canciones o haciendo fotos con el móvil pero tan cercanos…porque todos ellos han intervenido en nuestra vida para hacernos felices, para hacer de la convivencia con uno mismo una familia bien avenida y convertir series consecutivas de días de mierda en momentos que se parecen bastante a la felicidad, a base de empujones y recordatorios en nuestro oído:

Sigue adelante porque al menos tienes la música”

Adió-a-Chris-Cornell

Porque curiosamente (aquí el adverbio está utilizado de forma macabra) todos ellos tuvieron que darse de hostias con la depresión, esa pared que se va haciendo, poco a poco, un poco más alta, hasta convertirse en una muralla invisible que actúa como aislante transformador de la risa, de las lágrimas, de la ira, de la envidia, de la lujuria en una sola cosa: la nada, un tiburón blanco de nada que ni el hecho de haber vendido 15 millones de discos, ser guapo con ojos verde talismán, tener dos hijas pequeñas, matrimonio estable y una mansión con piscina que nunca utilizas porque en Seattle llueve casi todos los días, importe. Y hablo de Chris, porque el apellido aquí es innecesario, porque él era mi amigo, el tipo que me convenció para que cantara aunque mi voz sonara a una cañería seca y robara los tenedores del comedor del colegio con los que crear (doblando las puntas con mucha paciencia) colgantes para lucir en mi pecho imberbe.

¿Nos queda su música? Si, es verdad pero también una sensación agridulce en la garganta cuando pensamos que ahí fuera, cientos de miles de personas sin nombres y apellidos, tienen la absoluta certeza de que mañana, aunque llegue el verano, todo será peor.

Me cago en Dios.

 

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