La niñez distorsiona el verano

El verano está sobrevalorado, trae una ligereza de entretiempo, como si el resto de estaciones fueran sólo un espejismo. Los que esperan a diciembre lo hacen para librarse del sudor, pero quieren sol en la estación de ski. Y es que en agosto el aire se mueve de otra forma, imita a las canciones y los viernes, enreda las horas en las noches, los días en las tardes. Será el calor, esa sensación perenne de que acabará antes de que empiece. Todo nace y muere en este verano, también los recuerdos en la playa y una familia al completo. El verano de ahora es el mismo de todos los años, la niñez lo distorsiona.

No hay nada peor que regresar al verano de la infancia. Apenas quedan restos de aquel lugar que nos vio ser felices, sin embargo todo nos recuerda a él. Hay un edificio de diez plantas en mitad del horizonte, el mar debe de estar ahí a lo lejos, ¿verdad, mama? ¿Y nosotros? ¿Quė queda de nosotros? Aquí estamos, llenos de vida, rodeados de muerte. De niños estábamos a salvo cerca de la orilla. De mayores, recurrimos a ser niños en verano, echamos de menos las medusas, los malos olores y las quemaduras. Tiene algo de frío hacerse viejos, un poco de agua muy fría.

El verano arrastra nostalgias antiguas, también aquella que nunca llega a concretarse. Un universo perfecto, eso es el verano. Las ranas ladran, los marineros pierden la gracia de las olas, la luna necesita al sol para poder bañarse en mar abierto. Así sucede, un duermevela de barcos y siestas, de sal y ensaladas en un táper. Nunca perderé la fe en el verano, precisamente porque trae mentiras y distancia. Por fin somos invencibles, por fin se pliega este milagro. Esta noche dormiré con manta. Y el mundo late y late ahí fuera.

ilustración: Merija Jansen

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