No lo viste venir

Creías conocerle de memoria. Recorriste tantas veces su perfil, reíais juntos sin apenas intentarlo. Él sacaba la basura de tu mente. Sabías cuando había tenido un día malo, a veces sin hablar siquiera, a veces con gestos invisibles. Pensarle implicaba conocerte un poco, estar segura de que ya nunca estarías sola, perder el equilibrio sabiendo que, al levantar la mirada, te encontrarías con sus ojos, con una mano dispuesta, con una mano pequeña y firme, con una mano que no era una mano, sino la certeza de que los placeres sencillos son los únicos que dejan huella. Pudiste ver vuestro futuro juntos, un destello de domingo, una estrella que se va muriendo poco a poco y nunca. Lo que sucedió nadie lo vio venir. Y eso no te lo perdonas.

Porque el día que te dijo que ya no te quería pensaste que se trataba de una broma. Si todo estaba bien, ¿cómo era posible que todo terminara? Te miró como se deshace el hielo, mirando a través de tu cuerpo de sombra, de la misma forma que miramos el pasado. Pero tú estabas ahí, estabas viva y sentías tantas cosas que eras incapaz de sentir nada. «Así que el problema era yo», pensaste. Qué difícil es darse cuenta de que uno es obstáculo, qué cosa más triste es encarnar la vida como objeto, un cenicero azul, un diario sin hojas. Nos han utilizado, fuimos consumidos, creíamos que sería para siempre. Y se ha acabado.

¿Qué hacemos con el tiempo que no vemos? Llorarlo, escribirlo hasta convertir la pena en ficción, ir a terapia, alejarse del vino de oferta, ir al mar, planear ese viaje que nunca haremos. El problema es perdonarse por estar tan ciegos, dejar de ser esclavos de nosotros. El otro ha desaparecido y tú tienes que aparecer cada mañana en el trabajo, en la vida en el mal sentido de la palabra. Primero pides permiso para entrar, después te compadeces, culpas a la lluvia por aparecer de pronto, meces la vergüenza y caes en el miedo de ser tú. Puedes pintar un ojo sobre el párpado, de verdad se puede. Despacio. Primero al carboncillo, luego de colores. Un ojo primero, luego dos. Sin quererlo, queriéndote, te terminas perdonando. Y cuesta tanto…

Ilustración: David Shrigley

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