El baile

Sucedía algunas tardes. Con música o rodeados de silencio, en el rumor de la ciudad dentro de casa. La gente regresaba del trabajo, y ella y yo nos aparecíamos, fantasmas. Ella hacia a la habitación del juego; yo en dirección a mi escritorio. En ese cruce del día a día había una forma de descubrimiento, milagro repetido muchas veces. Sus brazos en el aire, los míos acompasando la luz blanca. Andar por los pasillos en busca de coreografías y una bola de espejos invisible, del amor como salón de baile.

De pronto, sin querer, se producía un roce, algo brillaba. Su mano cerca de mi mano, sus dedos, solamente dedos en los míos, huesos que amortiguaban el vértigo de años. Y las palmas se hacían una con un giro, los omoplatos dos puntos de fuga, y los ojos. El baile de parejas implica mirar por primera vez porque todo cambia con el primer paso. Ella sonreía, aire colgada de mis hombros. Yo la imaginaba viva en ese tacto. Un compás y la casa, la ciudad y la prisa, todo convertido en carboncillo. Fuimos ritmo, ritmo y vals, baile, ritmo.

El salón cambiaba de color. Por la ventana pasaban bandadas de pájaros, y ella y yo, únicos supervivientes del planeta, bailábamos muy lento, unos segundos. Duraba poco y para siempre. Después, los pies y las manos volvían en sí, la respiración daba paso a dos amantes conscientes de su desnudez. A pesar de la lejanía cotidiana, nuestras siluetas se mantenían suspendidas en un tiempo sin espacio, con toda la galaxia al fondo. Es extraño. Han pasado dos años desde la última vez que nos quisimos en el salón de aquellas tardes. El recuerdo aún late, flota. La casa ha volado por los aires.

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