¿Fue el 2020 una broma?

La verdad es que si te cuentan en el 2019 cómo iba a ser el 2020 hubieras hecho dos cosas: bloquear a la(s) persona(s) de todas tus cuentas por agorero(s) o directamente meterte en casa para no volver a salir hasta el 2021. Vamos, lo que se hace normalmente en invierno, pero llevado al límite. Visto con cierta distancia, este año ha resultado ser una mezcla de las dos, mitad futuro distópico, mitad se nos está haciendo bola. ¿Una pandemia global porque un chino se comió un bocadillo de alitas de murciélago? ¡Tú estás de la cabeza, chaval!

Ahora se entienden mejor las muertes de Kirk Douglas, Kobe Bryant, Terry Jones, la obsesión de un genio incomprendido llamado Trump por construir un muro, ¿de qué sirven ahora las concertinas en Ceuta y Melilla si nadie quiere venir de vacaciones? Joder, ¿soy yo el único que echa de menos los cruceros por el Estrecho? Por otro lado, el fin del mundo tiene cosas muy positivas. Los ‘influencers’ ya solo sirven para aquello que todos sabíamos: para nada, los médicos y enfermeros molan más que Batman, no hay fútbol ni toros, los Risketos y el vino peleón están de oferta en el Mercadona, a nadie se le secan las manos por culpa del frío y todos los ciudadanos llevan a un presidente-gestor en potencia en sus adiposos cuerpos.

No deja de ser decepcionante que una parte de la población esté perdiendo la cordura por el simple hecho de quedarse en casa viendo Netflix, que otro porcentaje piense que se trata de una conspiración con cuerpo y cara de pangolín y que los memes sean peores que la enfermedad. 2021, ven rápido. Te esperamos con todo caliente menos el champagne.

Carta para los sanos

En Madrid. 19 de marzo de 2020. Me llamo Javier Vidal y mi salud es razonablemente buena. O eso creo. Voy al baño con regularidad, sueño con varias ovejas gripadas. Y no las cuento. Supongo que los que nos aferramos a la soledad como herramienta de trabajo tenemos una relación consolidada con el gotelé, el cambio de luz sobre las paredes y el silencio de la noche entrante. Es por eso que me tomo la licencia de escribir a todos aquellos que están sanos, encerrados pero todavía cuerdos, y a los que el simple hecho de prolongar esta espera hasta mayo les produce una sensación cercana a la dentera.

No voy a caer en el tópico absurdo. No. Casi nadie considera este aislamiento como una oportunidad, con excepción del presidente de Mercadona y los fabricantes de pistolas. Tampoco es la mejor manera de conocerse a uno mismo, precisamente porque es en la interacción con los demás cuando afloran las aristas de una personalidad fluctuante. La nuestra. ¡Abajo las teorías de Jodorowsky y Francesca Morelli! Sin embargo, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial toda la humanidad —incluidos los irresponsables— se comporta como un organismo vivo, unido por decreto y a pesar de los vaivenes, que siente y padece en sincronía mientras el cielo se limpia de hollín y excesos pasados.

Lo sé. No es ningún consuelo. Vamos a ser más pobres y pálidos, menos risueños y dichosos. En cambio, cuando salgamos a la calle nos daremos cuenta de que ahí fuera hay menos gente… y más personas. Alimentaos bien. Ved porno. Amad. Siempre vuestro. Javier Vidal.

Carta a todos los enfermos

Madrid. 18 de marzo de 2020. Soy Javier Vidal. Escritor y músico. Es muy probable que no hayáis leído ninguno de mis discos. Tampoco habréis escuchado un libro mío… Hoy cumplo el octavo día de aislamiento. En casa. A pesar del toque de queda, algunos siguen saliendo a la calle. Se disfrazan de dinosaurio o pasean un perro de peluche. Cualquier excusa es buena. Nadie habla de ello, pero si vuestra habitación da a un pat(i)o interior, sabed que el tiempo se ha detenido. Suspendieron la Eurocopa, los conciertos y las reuniones de antiguos alumnos. ¿Sabéis por qué? Porque la vida volverá a retomar su curso cuando os den el alta.

Así es. No sería justo que os perdierais algo por estar aislados, recibiendo una visita diaria del médico y lejos de los amigos, de vuestra almohada, del aire, del barrio y de los que más os quieren. Por unanimidad hemos decido esperaros. Y no solo eso. A pesar de no conocer nuestro rostro, sabemos que peleáis en la trinchera, sois vanguardia y orgullo, y vuestro corazón latirá más rápido cuando dejéis un hospital que ahora es un poco casa involuntaria, un poco calma en la tormenta. Sabedlo. Cambiaréis de habitación, os calzareis vuestros zapatos favoritos, sentiréis la primavera en los párpados, el ruido de la vida en el pulmón izquierdo y el ventrículo derecho. Tiene que ser así.

Por nuestra parte seremos pacientes, seguiremos las recomendaciones de los expertos —sin dinosaurios ni peluches— y prepararemos pancartas y pasteles, guirnaldas y bolas de espejo. Pronto estaréis en casa, como nosotros, como el resto de un mundo flotante que se desvela por vuestros desvelos. Hasta pronto, compañeros. Atentamente. Javier Vidal.

Encierro. Día 4.

Lunes 16 de marzo. Oficialmente son cuatro días de espaldas al ritmo de la vida moderna. En realidad, llevamos encerrados en casa siete. Y pienso. Un poco. No sirve de nada escribir sobre lo que sucede. Cada uno lo percibe a su manera. Lo inventamos. Algunos, simples, lo ignoran. Otros huyen campo a través. Derraman lágrimas. Se embriagan. Los músicos, más simples, tocan gratis. Los más desvelan al mundo a lo que se dedican en este tiempo de muerte, no muerto. Si lo hacen para ellos, ¿por qué lo comparten con otros?

Es por eso que me he decidido. De manera inconsistente, claro. La mejor acción como ciudadano de un mundo con mascarilla no es recopilar hechos. Para eso están las hemerotecas. Hoy dejo de crear mi realidad para sugerir. Innovo como gesto de solidaridad. El mayor. Y es que mis recomendaciones sirven para olvidar el pánico y lo falso. Movilizar el espíritu sin salir de la casa-cárcel. No insistir con lo mío, mío y solo mío, sino con lo de los otros. Genios. Y claro, eso cura. Alimenta. Consuela. Libera libremente.

Así que hoy podríais ver una película: “Yojimbo” de Kurosawa Akira. O leer el “El cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrel. Y, porque hay tiempo de sobra, escuchar un disco: “Las variaciones Goldberg” de Glenn Gould. Versión de 1981, claro. Y admirar a una actriz porno, Marilyn Chambers en “Tras la puerta verde” o a James Gandolfini en “Los Soprano“. Y el mundo, de repente, es un lugar menos extraño en el que el aburrimiento es leyenda.

Encierro. Día 3.

Domingo 15 de mayo. Se confirma. ¡Qué tristes son los domingos en Orly! Y una duda. ¿En qué convertimos el tiempo cuando es tiempo (impuesto) lo único que tenemos? En nada. Solo sabemos que la política queda por detrás de la supervivencia. Quizás por eso un grupo de viejos juega a la petanca. Nos aterra el aburrimiento. Enfrentarnos a nosotros mismos. Comprobar que la calidad del aire mejora exponencialmente mientras la muerte desborda la UCI. Por primera vez quiero un perro. Nota. En casa ya no hay peleas por bajar la basura.

Tranquilos. Mi amigo Borja logró atravesar el Estrecho. Lo confirma; Algeciras es tan fea como el virus. A pesar del miedo, los franceses han salido a votar. ¡Mon dieu! Resulta que los locos no eran los romanos. París no se acaba nunca y el mundo rural tampoco necesita ser repoblado ahora. Está claro que ignorar los errores del pasado no es patrimonio exclusivo del español torpe. El encierro va para largo. Por lo menos hasta mediados de abril. Casi mayo. Previsión alcista de la tasa de divorcios y alcoholismo. Embriaguemos la primavera. De vino, de poesía, de porno y fotos del verano pasado.

Llueve. En cada gota brilla una promesa. Los camioneros la transportan en furgones. Junto al papel higiénico. ¿Escucharán los médicos y auxiliares la ronda de aplausos? Quizás no. En realidad, aplaudimos para nosotros. Veo “Operación Dragón” mientras otros salvan vidas. «No penséis. Sentid. Como el dedo que apunta a la luna; si os concentráis en el dedo os perderéis la gloria celestial». La gloria terrestre es un donante de sangre. Los buenos tiempos fueron hace una semana. Faltan noventa y siete días, cinco horas y cincuenta y ocho minutos para que empiece oficialmente el verano. ¿Cuánto para la vacuna?

Parad

El virus se extiende y ya estamos buscando culpables. Algunos apuntan a la imprudencia del gobierno de Sánchez; a los malditos chinos; al comportamiento del español, animal de ocio y esparcimiento que busca en el trato con los demás la excusa perfecta para librarse de sí mismo, la caza a cualquier precio de una satisfacción escurridiza entre semana.

Observo la conducta de algunos autónomos exigiendo cuentas por las cancelaciones, a los que prefieren ponerse en manos de las competencias transferidas en materia de prevención para celebrar su próximo concierto fuera de Madrid, imprudentes exhibicionistas lanzando proclamas en las que combatir la epidemia con música, juntos en el calor de una sala… y me entristece.

A todos aquellos que no quieren entender —es evidente que lo entienden pero es más fácil vivir con los ojos cerrados— les canto que es el momento de parar y guardar la furgoneta en el garaje, de realizar esa llamada al pueblo de la infancia, de convertir sus casas en un jardín de libros y películas, de absolver a los abuelos de la compañía de los más pequeños, de mirar hacia dentro y pensar que el mundo no empieza y acaba en uno mismo, sino que el mayor acto de responsabilidad civil es echar la llave de la puerta. Lo sé; todos tenemos que pagar las facturas, pero ahora la muerte acecha a los que conocieron la vida y os olvidáis de lo importante: si hay música en vuestra alma se escuchará en todo el universo.

Pagar

Anatomia del virus humano

Se acabaron las conversaciones sobre Cataluña y la falta de lluvia, sobre lo cerca que nos ronda la primavera y la visita de un tal Nick Cave a Madrid. Todo gira en torno al virus que convierte los estornudos en faltas de respeto, estrechar la mano en comportamiento de riesgo y a los supermercados en las nuevas trincheras. Pero ¿cómo es posible que el mundo haya cambiado tanto en tan poco tiempo? Estos son algunos de los indicios de un Apocalipsis de lo más decepcionante, porque si «this is the end» mejor inventarnos un presente distópico con más glamour; hombre, por favor…

Y es que, como no podía ser de otra forma, Ortega Smith, xénofobo, racista y alto, se dejado contagiar por un virus extranjero. Como consecuencia del mismo, el Congreso, y por tanto el proceso democrático, goza de mejor salud y, de pronto, la tan denostada sanidad pública —herida de muerte por los recortes y la privatización— «cumple con todas las garantías para hacer frente a la epidemia». Por supuesto, nada de chistes sobre la corona y la enfermedad: ambos le salen carísimos al erario público.

Mientras tanto, el populacho sale en masa a comprar papel higiénico y Coca-Cola —combinado de moda—; no hay peleas entre Instagramers por infectarse los primeros; los mensajeros pedalean por las calles sin beneficiarse del tele-trabajo y ¿quién se acuerda de los padres, esas criaturas encerradas en pisos con niños aburridísimos? Dios ha enviado una plaga —o quizás fue Jose Manuel Soto— y además es invisible, precisamente porque el virus siempre vivió en nosotros, seres ¿humanos? del sálvese quien pueda hecho mantra. Y así pasamos el tiempo, entre mascarillas, con las manos limpias y el corazón más negro.